
Me sale de dentro hablar en estos momentos de una niña de verdad, una de carne y hueso, una niña que no ha sido inventada como la de esta campaña electoral. Una niña que seguro que no va a llenar tantas líneas en prensa y que no va a estar tan en boca de todos, pero una niña que para mí desde este momento es la niña de esta campaña electoral.
Esa niña seguramente aspiraba a lo que todas las niñas sueñan. Ella quería vivir, ser feliz, disfrutar de la que quizás sea la etapa más bonita de su vida. Un ciclo en el que todo para ella está lleno de ilusión, alegría y sueños. Pero en esta vida de color y de esperanzas en la que se encontraba, alguien la ha tornada gris y oscura, parte de su vida le ha saltado en mil pedazos, de repente ha dejado de ser niña. Jamás será igual para ella, en un instante se ha evaporado sus sueños, su ilusión y su sonrisa.
Un cobarde acaba de matar por la espalda a su padre. A un padre que se esforzaba día a día como millones de padres en facilitarle la vida a ella y a sus hermanos con el esfuerzo de su trabajo. Pero un cobarde ha ordenado a a otro cobarde que mate a su padre. Y su valentía ha sido tal que por la espalda le ha pegado varios tiros. En la puerta de su casa, ante los ojos de ella. Un padre que tenía la desfachatez de ser toda la amenaza que puede representar ser un cobrador de autopistas.
Cobarde. Cobarde por matar por la espalda y cobarde por romperle la vida a una niña.